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En el momento actual la importancia del dinero en efectivo parece decrecer, siendo sustituido, gracias al desarrollo de la tecnología y a la consolidación de los modernos sistemas financieros, por dinero bancario o escritural, el cual es apto para ser movilizado en múltiples formas (a través de tarjetas, adeudos domiciliados, transferencias…), eficientes y con bajo coste. También es esta la época en la que ha emergido el llamado “dinero electrónico”. El dinero escriturario y el electrónico presuponen la necesidad de la existencia de infraestructuras centralizadas donde una entidad de confianza liquida y compensa los pagos.

El siguente paso en esta evolución ha sido la aparición de las monedas virtuales. El Banco Central Europeo las define como “una representación digital de valor, no emitida por un banco central, entidad de crédito o entidad de dinero electrónico, la cual, en algunas circunstancias, puede ser utilizada como una alternativa al dinero”.

Las monedas virtuales pueden seguir un esquema centralizado, como ocurre con las de algunos juegos “on line” del tipo de “Second life”. Sin embargo, lo habitual es que las monedas virtuales operen siguiendo un patrón descentralizado de organización y funcionamiento. Los sistemas descentralizados se basan en “blockchain” para el registro de las transacciones.

Uno de los problemas para los usuarios de monedas virtuales es su elevada volatilidad, pues su valor puede oscilar al alza y a la baja acusadamente, lo que desvirtúa su uso como medio de pago y las aproxima a los activos que sirven para invertir en ellos.

Aunque el “Bitcoin” es la moneda virtual más popular, existen unas 500 en el mundo.