En 1911 Michels planteó lo que posteriormente se conocería como la ley de hierro de la oligarquía.
Una ley de hierro es una formulación teórica que describe una tendencia considerada inevitable. En este caso, la ley de hierro de la oligarquía afirma que toda organización humana tiende con el tiempo a ser controlada por una minoría dirigente que la emplea en beneficio de sus intereses (una oligarquía).
Michels llegó a esta conclusión estudiando el partido socialdemócrata alemán del que formaba parte, pero sus conclusiones se pueden extrapolar a cualquier estructura política u organizativa (Iglesia, Estado, sindicatos…).
En todos estos casos, el crecimiento, la necesidad de coordinación y la especialización tienden a generar estructuras jerárquicas donde el poder se concentra en un grupo reducido.
Los mercados financieros no son una excepción.
Una aplicación a mercados financieros
El buen funcionamiento de un fondo de inversión, al igual que cualquier otra organización compleja, depende en gran medida de que los incentivos entre gestores e inversores estén alineados. Lo mismo ocurre en el ámbito empresarial: cuando la dirección y el consejo de administración comparten objetivos de largo plazo con los accionistas, las decisiones tienden a orientarse hacia la creación de valor sostenible y no únicamente hacia resultados inmediatos o intereses particulares. No es casualidad que grandes inversores como Warren Buffett hayan otorgado siempre una gran importancia a este aspecto a la hora de invertir en una compañía.
Por otra parte, el entorno en el que invertiremos influirá de forma decisiva en los resultados a largo plazo. Incluso las mejores compañías necesitan un entorno económico favorable para poder crecer de forma sostenida.
Los trabajos de uno de los últimos premios Nobel en economía, Acemoglu y Robinson inciden en esta línea bajo la distinción entre instituciones inclusivas y extractivas. Según su tesis, las sociedades prosperan cuando sus instituciones son inclusivas, a saber, generan incentivos amplios para la creación de riqueza, la innovación y la competencia (es decir, cuando los intereses de la oligarquía gobernante se alinean con el bien común). Por el contrario, las instituciones extractivas concentran el poder económico y político en una élite que utiliza su posición para extraer rentas del resto de la sociedad.
Un ejemplo paradigmático de esta tesis es el caso de Corea. Tras la división de Corea durante la Guerra Fría, Corea del Norte y Corea del Sur partían de condiciones históricas y culturales relativamente similares. Sin embargo, mientras Corea del Sur desarrolló instituciones relativamente inclusivas, orientadas al mercado y a la innovación, Corea del Norte consolidó un sistema político altamente centralizado y extractivo. El resultado ha sido una divergencia económica y social extrema entre ambos países, utilizada por Acemoglu y Robinson como evidencia de la importancia de las instituciones en el desarrollo de las naciones.
En última instancia, invertir no consiste solo en analizar empresas o mercados, sino también el entorno institucional en el que operan. Allí donde los incentivos entre gestores, accionistas y líderes están alineados, suelen aparecer sistemas más estables, competitivos y favorables para la creación de valor a largo plazo. Al fin y al cabo, muchas veces la diferencia entre una buena y una mala inversión no está únicamente en el activo, sino en las reglas del juego que lo rodean y en comprender los intereses de quienes las diseñan.
































































