La biodiversidad en el centro de la estrategia sostenible

Biodiversidad y estrategia sostenible
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Estefanía Lorente Aguilera
Integrante del equipo de trabajo del Instituto Econospérides y colaboradora del Proyecto Edufinet

Los crecientes desafíos ambientales y sociales están obligando a que la sostenibilidad alcance un momento decisivo en 2026. Nos encontramos ante una redefinición total de los sistemas de producción y consumo, acelerada por la crisis climática, la tecnología y una demanda social que reclama una verdadera responsabilidad empresarial.

En este contexto, el verdadero cambio exige reestructurar por completo las dinámicas corporativas para generar un impacto real y sostenible. Al integrar este enfoque directamente en los procesos y en la estructura organizativa, las empresas obtendrán ventajas competitivas clave, como la optimización de recursos, el ahorro de costes y una mayor capacidad de adaptación ante los cambios climáticos y regulatorios.

Esta visión global transformadora y decisiva muestra una ineludible relación entre biodiversidad, cambio climático y sostenibilidad empresarial. De esta forma, la pérdida de biodiversidad se ha consolidado como una de las mayores amenazas globales. Las estimaciones de la guía de AXA Research Fund (2019)[1] sitúa el impacto económico de esta pérdida entre 125 y 140 billones de dólares al año, una cifra que supera en 1,5 veces el PIB global.

Por su parte, la Plataforma Intergubernamental sobre Biodiversidad y Servicios de los Ecosistemas (IPBES, por sus siglas en inglés) advierte, en su reciente informe IPBES (2026)[2], que el crecimiento económico global ha estado acompañado de un significativo deterioro del capital natural y de los ecosistemas. Según este documento, en 2023 los flujos financieros públicos y privados con efectos negativos sobre la biodiversidad alcanzaron los 7,3 billones de dólares, mientras que únicamente 220.000 millones se destinaron a su conservación y restauración.

Asimismo, el informe destaca que menos del 1 % de las empresas informa sobre sus impactos en la biodiversidad, pese a depender de servicios ecosistémicos esenciales que condicionan sus riesgos operacionales, financieros y reputacionales. En esta línea, Steiner y Rosito (2024)[3], estiman que más de la mitad de la producción económica mundial está sustentada por los bienes y servicios que aporta la naturaleza.

La relevancia de esta cuestión queda además reflejada en datos recientes de la ONU (2025)[4], que evidencian que la actividad humana ha alterado el 75% del entorno terrestre y dos tercios del medio marino. Por lo tanto, proteger la biodiversidad es una inversión estratégica que garantiza la salud, el bienestar y la prosperidad de las generaciones presentes y futuras.

De cara a 2026, el gran cambio radica en que gobiernos y empresas comiencen a incorporar métricas de impacto ecosistémico directamente en sus estrategias, entendiendo que la naturaleza es clave para la seguridad alimentaria y la estabilidad climática. Esto se traducirá en acciones concretas, que van desde la financiación en restauración de hábitats hasta normativas para proteger áreas críticas.

En este escenario, la divulgación financiera vinculada al entorno natural cuenta con un nuevo y complejo ecosistema normativo en desarrollo: el marco Taskforce on Nature-related Financial Disclosures. Esta arquitectura regulatoria unifica los criterios de organismos internacionales clave[5] para ofrecer una guía clara que permita a corporaciones y gobiernos medir, gestionar y reportar de manera transparente tanto su impacto en los ecosistemas como su dependencia de ellos.

Por su parte, el auge de la financiación sostenible en los mercados globales es innegable, impulsado por el crecimiento de los bonos verdes, los fondos ESG y nuevos instrumentos financieros diseñados para respaldar proyectos con un impacto ambiental positivo. En paralelo, el endurecimiento de las políticas públicas actúa como un catalizador bidireccional: premia los incentivos sostenibles y castiga las malas prácticas, obligando al tejido empresarial a migrar hacia modelos de negocio mucho más responsables.

El mensaje es contundente: “El colapso de la biodiversidad es el colapso de los negocios”. Esta premisa deja claro que la pérdida de capital natural ya no es un problema exclusivamente ambiental, sino un riesgo financiero crítico. Las cadenas de suministro, la disponibilidad de materias primas y la estabilidad de los mercados globales dependen directamente de la conservación de los ecosistemas; ignorar esta realidad es comprometer la viabilidad misma de cualquier empresa.

Una transformación organizativa en este ámbito exige una gestión del conocimiento estructurada en tres pilares fundamentales:

  • Transparencia absoluta: Emitir reportes corporativos honestos y rigurosos que eviten las prácticas de greenwashing.
  • Co-construcción de conocimiento colaborativo: Desarrollar conocimiento de manera colaborativa para abordar escenarios complejos y de alta incertidumbre.
  • Legitimidad comunitaria: Asegurar el respaldo social de las iniciativas empresariales en el entorno donde operan.

Sin embargo, la estructura corporativa y gubernamental no es suficiente para que la sostenibilidad sea real. En este sentido, la educación ambiental desempeña un papel indispensable, ya que contribuye a fomentar la sensibilidad, la conciencia y la responsabilidad de la sociedad, convirtiendo a los ciudadanos en agentes activos del cambio. Durante 2026, el foco se centrará en empoderar a la ciudadanía, proporcionándole las herramientas y conocimientos necesarios para participar activamente en la construcción de un futuro más sostenible.

Los programas educativos permiten transmitir a las nuevas generaciones el valor y la importancia de los ecosistemas naturales. En apoyo a este cometido, instituciones internacionales como el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, desarrollan herramientas y recursos formativos destinados a que individuos y comunidades adopten un papel activo en la protección de la biodiversidad y en la transición hacia modelos de desarrollo más sostenibles.

Por su parte, el Programa de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza 2026-2029[6] traza una ruta ambiciosa para alcanzar el compromiso de intensificar la conservación y promover una transformación estructural mediante 24 metas fijadas para el próximo cuatrienio. El Programa destaca el papel fundamental de la cooperación, tanto interna como externa, como elemento clave para afrontar esta etapa crítica para la biodiversidad. Con ello busca lograr tres impactos principales: (i) proteger, restaurar y conservar la biodiversidad en todos los ecosistemas, integrándola en los distintos ámbitos socioeconómicos; (ii) proteger los ecosistemas mediante soluciones basadas en la naturaleza para afrontar la crisis ambiental y fortalecer la adaptación de la sociedad y el medio natural; y (iii) gestionar los recursos naturales de forma justa y responsable, favoreciendo la conservación y la equidad social.

Finalmente, derivada de esta nueva visión, diversas experiencias internacionales demuestran la efectividad de incluir la biodiversidad en las políticas de sostenibilidad. Un claro ejemplo es la iniciativa de Bosques Urbanos en España, impulsada por la asociación sin ánimo de lucro Arbocity[7], que ha renovado ecosistemas y favorecido a las comunidades locales mediante la reforestación. De igual forma, el programa Agroforestería Sostenible en México, ha optimizado la seguridad alimentaria protegiendo la biodiversidad[8].

En este nuevo escenario, alinearse con estas tendencias ya no es una opción estratégica para empresas y ciudadanos, sino un requisito indispensable para construir un futuro equitativo, saludable y sostenible.


[1] AXA Research Fund (2019). Biodiversity at risk: Preserving the natural world for our future. AXA Research Guide Series. https://www-axa-com.cdn.axa-contento-118412.eu/www-axa-com%2F93d70366-0b63-403f-963e-805b1ec6bf31_researchguidebiodiversityatriskmobile.pdf

[2] IPBES (2026). Summary for Policymakers of the Methodological Assessment Report on the Impact and Dependence of Business on Biodiversity and Nature’s Contributions to People. Jones M., Polasky S., Rueda X., Brooks S., Carter Ingram J., Egoh B. N., von Hase A., Kohsaka R., Kulak M., Leach K., Loyola R., Mandle L., Rodriguez-Osuna V., Schaafsma M. and Sonter L. J. (eds.). IPBES secretariat, Bonn, Germany. DOI: https://doi.org/10.5281/zenodo.15369060

[3] Steiner, A. y Rosito, T. (2024). Cómo la economía positiva para la naturaleza puede combatir la inestabilidad y la desigualdad. Foro Económico Mundial. https://es.weforum.org/stories/forum-institutional/como-una-economia-mundial-positiva-para-la-naturaleza-puede-combatir-la-inestabilidad-y-la-desigualdad/

[4] ONU (2025). La pérdida de biodiversidad exige medidas urgentes a escala mundial. Noticias ONU. https://news.un.org/es/story/2025/05/1538951

[5] Como, por ejemplo, The Intergovernmental Panel on Climate Change, IPBES o Task Force on Climate-related Financial Disclosures.

[6] Acceso al Programa en: https://portals.iucn.org/library/sites/library/files/documents/WCC-8th-001-Es.pdf

[7] Centrada en la investigación y divulgación de los impactos positivos de los espacios naturales y la necesidad de su protección y conservación.

[8] Más información sobre las prácticas agroforestales mexicanas en: https://www.gob.mx/agricultura/dgsiap/es/articulos/cinco-sistemas-agroforestales-con-gran-tradicion-en-nuestro-pais

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