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Es muy difícil que el presupuesto de una familia, como el de una empresa o el de una administración pública, esté en equilibrio permanente. Sobre todo cuando hay que afrontar gastos correspondientes a activos, como una vivienda o un automóvil, que se van a utilizar durante un período amplio, es normal que no puedan cubrirse con los ingresos normales de un ejercicio.

Por ello es razonable endeudarse con esa finalidad, asumiendo que en los años futuros habrá que hacer frente a la carga financiera (amortización del capital más intereses). Lo razonable es que el período de devolución del crédito esté acompasado al de disfrute del bien o servicio que se haya financiado. Por ejemplo: tendría poco sentido solicitar un crédito a cinco años para financiar la compra de un artículo que haya que reponer cada año.

Por lo tanto, todo presupuesto puede estar abierto a operaciones de endeudamiento, pero, salvo circunstancias coyunturales, para evitar situaciones difíciles de resolver, el presupuesto debe ser sostenible.

¿Qué quiere decir este concepto? Que los ingresos ordinarios del ejercicio sean suficientes para cubrir los gastos ordinarios y el pago de las cuotas de préstamos concertados anteriormente. Además, puede ser oportuno ir acumulando algunas reservas para afrontar situaciones excepcionales o de necesidad y, asimismo, si se pretende complementar, en el momento de la retirada del mercado de trabajo, los ingresos procedentes del sistema público de pensiones.